sábado, 14 de septiembre de 2013

ADN

Un olor a hierba húmeda
inundaba este cuarto
mientras un árbol con cuerpo de cristal
con flores blancas, aterciopeladas, brillantes
apareció iluminando mi rostro.

Parecía nacer bajo mi cama
y  elevarse en forma de espiral
hacia lo infinito del universo
que en ese momento
formaba parte de mi habitación.

En segundos comencé a flotar
con plena conciencia y autonomía,
a dónde debería dirigirme, sino al final
del  espiral de este árbol cristalino
de flores blancas, aterciopeladas, brillantes.

A mí alrededor  todo se ramificaba
en una red perfectamente diseñada
donde las estrellas se asían colgadas
cual luces en un árbol navideño;
una escena fascinante, irrisoria.

Por suerte que podía sonreír
imaginando esa Noche Buena
cerrando mis ojos, flotando, pensando
en la mesa servida, los regalos, las miradas
y el encuentro divino, milenario, familiar.

Será que en los peores momentos
o en momentos extraordinarios…
morir de miedo o liberarme a los impulsos
continuar hasta el final, sobreviviendo,
en ese recuerdo vívido del brindis.

Poco a poco fui desentrañando mis días
mi vida, abierta en un libro cósmico
de redes entretejidas y sensaciones ancladas
ramas que llegaban hasta mis sinapsis
reflejando el movimiento en cada estrella.

Mis palabras, las sensaciones, los olores
cada estímulo al alcance de mis dedos
un revolución al interior de cada célula
exportando la información a mi cerebro
y de nuevo a mí, aquí, replicándose.

Me encontré rodeado por mí, millones
multiplicándose al infinito, sintiendo
en mi cuerpo su respuesta al verme
agonizando por el asombro de mi yo
a la enésima potencia desmintiéndome.


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